Destinos

Sin destino

Arranque. Galeno, a fuer de director de cine, el búlgaro Stephan Komandarev nos sumerge (y asfixia) en la Sofía nocherniega. Se sirve como pretexto de un grupo de taxistas para narrarnos una alegoría sórdida, simbolismo de cisne herido, de la Europa contemporánea. Cruces y descruces existenciales, estos taxistas de la película, de vidas silenciosas y resignadas, suben a su automóvil a otras vidas tan silentes y oscuras como las suyas propias. Miran pasar las noches con su vidriosa melancolía, su sonrisa triste y sus lágrimas cuajadas como las de los propios pasajeros. Un diagnóstico/radiografía que se circunscribe a la noctívaga Sofía, capital búlgara, pero que, tenaz y obstinado, traspasa esos límites geográficos para susurrarnos a gritos (valga el oxímoron) la decrepitud inexorable que azota a este decadentísimo continente, antaño tal vez luminoso, hogaño podrido hasta el mismísimo tuétano. El director lo tiene suficientemente claro: “El problema más importante en Europa es la crisis moral y de valores”.

Una noche búlgara en la que las historias se entremezclan a la manera de Crash, Magnolia o Vidas cruzadas de Altman, referentes ineludibles. Destinos, título del film en España, juega con el sentido hondamente irónico de que el ser humano actual carece de destino. Sus vidas se hallan desposeídas de sentido, propósito y finalidad y todo ello es magníficamente auscultado por Komandarev. La aciaga nocturnidad que atraviesa nuestro continente, madrastra hostil, apócrifamente hospitalaria, hollando una nebulosa de derrota, vegetando en una senectud señorial y brumosa, puro esqueleto tétrico, es barruntada por las palabras del sociólogo que se deja caer por la radio: nihilismo y extrema violencia, el puro sinsentido. This is the end, al estilo de The doors.

Frenada. Tomando estas excusas como inicio de la narración nos vamos topando con vidas descompuestas, desbrujuladas, pecios a la deriva. Noche búlgara, vemos cirujanos (otra poderosa metáfora de la imprescindible cirugía ética requerida) exiliados, más personajes de todo pelaje nos hunden en el abatimiento (profesores de filosofía suicidas, religiosos grandilocuentes y fantasmagóricos, mujeres aplastadas por el oprobio comunista, chiquillas que se prostituyen, curioso homenaje a la buñuelesca Belle de jour o a la ozoniana Joven y bonita), estos conductores amargados y dolientes nos llevan a ningún destino. Noche y niebla y gelidez, tonos deprimentes, una sociedad comatosa se revela ante nuestros ojos (recordando la portentosa película polaca de vidas cruzadas 11 minutos), continuamos asistiendo a un presente agobiante, legatario directísimo de un pasado bolchevique atroz. Oteamos perdedores y ganadores (no al estilillo tramposo y maniqueo de Loach, sino a la manera más sobria y honesta de los hermanos Dardenne). Solo quedan en Bulgaria, como se encarga de reiterar el director, los optimistas. Los realistas y los pesimistas hace tiempo que emigraron y abandonaron el país centroeuropeo.

Narrada de forma algo caótica y desigual (no todas las historias poseen la misma fuerza, entidad y envergadura), con el tabaco como cautivador protagonista, existe una pulsión en este vértigo (y vórtice) fílmico de sencilla honestidad. Los tormentos retratados por el director (la prostitución de las jóvenes búlgaras, el suicidio, el adulterio, el crimen inmisericorde, la inmigración masiva, la inacabable crisis económica, la pobreza y la venganza) no impregnan la película de ribetes desesperanzados. Más bien al contrario, el director apuesta por una difusa esperanza (uno recuerda la expresión “cirujano de hierro”, tan ambivalente, acuñada por nuestro compatriota, regeneracionista, Joaquín Costa). Lastres y pesadeces que sacuden la tierra búlgara, donde la radio deviene gran retratista de un mundo y una época. A la manera del náufrago que lanza la botella, el espectador oscila entre la complicidad y la indiferencia (todo espectador español sabe que su patria adolece de flagelos similares, cuando no peores). Y todo ello, siempre resonando los ecos, mientras pasan los fotogramas, del patético y fascinante Canto bizantino de John Koukouzelis.

Colisión. Pura emulsión de vitriolo, en muchos tramos del metraje, Komandarev (autor por otra parte de dos estimables precedentes cinematográficos, a saber, El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina y El juicio) nos ofrece un cruce mefistofélico entre Taxi driver y Antes de la lluvia (obra perfecta de Milcho Manchevski), jugando constantemente con un topos obsesivo: el hospital de Santa Catalina. No es casual que fuese en ese hospital donde se produjera el primer trasplante de corazón de la Europa del Este: ese delicado equilibrio, que se erige como una etérea metáfora entre la esperanza y desolación futura. Alrededor de este centro de salud (o generador de enfermos crónicos) pulularán nuestros taxistas, humillados y ofendidos, en un dantesco (tal vez órfico) descenso a los infiernos, recordando continuamente historias fílmicas de las que este film es tan deudor por instantes (Pulp fiction, 21 gramos, La piel dura, Dolls, La ronda, Rumbos, Happiness, la majestuosa Cena a las ocho de George Cukor…), pero sobre todo, otra de González Iñárritu, Amores perros (incluso esa joyita de Lars Von Trier, Dogville), con el mismo leitmotiv del encantador y hambriento cánido como el animal que preservará la humanidad de la inhumana humanidad. Nos sugeriría el director búlgaro que este desazonador desánimo que guía los pasos postreros de esta humanidad contemporánea solo puede ser redimido por la generosidad canina. La frase del profesor de filosofía suicida aporta claves: “A mis alumnos no les interesa ni la eternidad ni el sentido de la vida”. Ni a sus alumnos ni a casi nadie. Ya nos lo advirtió Cioran, el origen es el destino. Con una Europa desmemoriada (y sofronizada con la nuevas tecnologías), a punto del colapso, el genial filósofo rumano nos sintetiza a la perfección toda la obsesión/fijación que persigue durante toda la película a nuestro director: “Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino”.