Captain Fantastic

Desobediencia educativa

Tradicionalmente las películas de temática familiar suelen ser muy conservadoras. En ellas sus miembros adoptan su papel acostumbrado y actúan, después de presentar el típico conflicto, como se espera de una familia unida. Por contra, en Captain Fantastic nos exponen una situación muy original: la de un progenitor que vive con sus hijos organizado casi como si de una comuna se tratase. Ben, el capitán fantástico de esta cinta, tiene un sistema de vida que da la espalda a la sociedad capitalista. Establecida en pleno bosque, cazando y cultivando sus propios alimentos, esta peculiar familia pretende ser una alternativa a los hábitos de consumo habituales en cualquier hogar occidental. Además, celebran su propia fiesta privada cada año: el día de Noam Chomsky.

Asimismo, Ben quiere que sus hijos sean sabios, por lo que ha planificado un estricto plan educativo para ellos, que incluye la lectura de los clásicos de la literatura —comentarios incluidos— para los más pequeños. Física y mentalmente bien entrenados, el protagonista se siente feliz con la decisión tomada, la que cree moralmente superior para los seres que más quiere, aunque hay ciertas sombras que consiguen que su existencia no sea tan idílica como debería. Por un lado, su esposa, internada en una clínica psiquiátrica y que va a fallecer (lo que se convertirá en el leitmotiv de la segunda mitad de la película); por otro, la familia debe organizar una excursión a territorio hostil, al medio social en el que el trabajo se vende y la comida se paga, en el que imperan unas normas que Ben estima opuestas a sus más elementales principios.

Lo mejor de Captain Fantastic es que, contra lo que pudiera parecer en los primeros minutos de visionado, la película no va a tomar partido abiertamente por ninguna de las figuras contendientes —Ben y el padre de su esposa— que van a establecer una batalla ideológica sobre formas de vida en la que ambos disponen de una artillería de argumentos razonables a favor de sus respectivas posturas. En medio quedan los niños, unos eruditos, capaces de recitar artículos completos de la Constitución americana y explicar su contexto histórico, pero que no tienen ni idea de cómo funcionan las cosas en el mundo real. El choque con jóvenes como ellos, pero que parecen vivir en otro planeta, les hará preguntarse muchas cosas, aunque la fidelidad a su padre quedará fundamentalmente intacta.

¿Dónde están aquí los límites entre lo sublime y lo ridículo? ¿Hasta qué punto se puede poner en peligro la integridad física de los propios hijos para forjar su carácter? En este sentido la película de Matt Ross apela en todo momento al espectador y a su espíritu crítico. La moraleja podría ser que llevar una vida excesivamente dogmática, por muy buenas que puedan ser las intenciones al emprenderla, puede llegar a tener desastrosas consecuencias, sobre todo si en ella se ven implicadas terceras personas. Tampoco es que nuestra forma de vida, creadora de seres poco críticos y plenamente integrados en una sociedad de consumo que les estimula a todo menos a pensar, quede muy bien parada. Si el cine, entre otras muchas cosas, tiene que ser un instrumento que fomente el debate, Captain Fantastic, una propuesta original y arriesgada, acierta plenamente en sus objetivos.

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