Blade Runner 2049

Ordet para dummies

Nombrar a Dreyer frente a esta gran pandemia publicitaria y mediática llamada Blade Runner 2049: esa es la reflexión.

Existen obras que no se agotan nunca, pues conservan en su interior no solo una historia, sino un haz de sensaciones y emociones que se multiplican en un eterno bucle a lo largo de los años. Blade Runner es una de esas obras.

Un autor vigilado

Si se acercan a la obra de Denis Villeneuve pensando encontrar resquicios de su mejor cine de esta última época con títulos como La llegada, Sicario, Enemy o Prisioneros, todas perturbadoras, poéticas y reflexivas, ha de estar prevenido ante posibles desencantos con este último trabajo. No es porque el resultado final de Blade Runner 2049 sea fallido, sino por la concesión del propio autor al sacrificar su huella en la cinta a cambio de un hipnótico y apolíneo tratamiento de la puesta de escena.

Un acto de valentía

Revivir un clásico y reubicarlo en la actualidad es de los más peligrosos ejercicios cinematográficos con los que un creador puede toparse hoy en día. Esta continuación del clásico Blade Runner de 1982 incide en los personajes ya creados por Philip K. Dick: Blade Runners, replicantes, policías y demás figuras representativas de este universo no nuevo y al parecer inconcluso, según resultados en taquilla. Todo es lo mismo… ¿O no? Con unos mimbres ya prefabricados y un patrón narrativo casi calcado a la cinta del 82, Denis Villeneuve nos presenta un film digno, capaz de resistir las comparaciones e incluso en ocasiones superar a su antecesora, sobre todo en el campo de los efectos digitales. Entonces, ¿qué ha podido fallar?

Un ejercicio de fe

Denis Villeneuve hace una nueva película, con nuevos personajes y con un público entregado a esta joya híbrida entre cine negro, ciencia ficción y filosofía, pero acaba haciendo las mismas preguntas, con las mismas respuestas que ya nos mostró Ridley Scott. Se puede llegar a pensar que el riesgo de implantar la misma plasticidad y calcado mensaje en este nuevo film puede chocar contra el muro generacional de un contexto distinto al de hace treinta y cinco años, en el que el cine aún conservaba la capacidad de sorprender, y no solo en su forma. Quién iba a decirnos que en una película oscura, triste, desprovista de esperanza y llena de robots podría encontrarse una de las reflexiones cinematográficas más poéticas sobre la vida. Blade Runner 2049 acaba haciendo más clásico al clásico y menos memorable su continuación, con tintes de ser olvidada con el paso de los días.

Al igual que Dreyer, el director canadiense intenta hacer un milagro. Un fenómeno que Ordet consiguió y Blade Runner 2049 no.

Crítica realizada por

Philip K. Dick fue uno de los escritores más singulares del siglo XX, uno de los pocos a los que puede calificarse como autor de culto, porque su propia existencia y sus ideas acerca de ella son tan interesantes como sus narraciones. Dick —cada vez más influenciado por la ingesta de drogas— dudaba de nuestra realidad, o mejor dicho, de la suya, y más de una vez comentó que le parecía una especie de simulación creada por una inteligencia superior, ya fuera esta extraterrestre o divina. En sus últimos años era capaz de pronunciar frases como estas: “Muchas personas pueden recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta”. A raíz del estreno en 1982 de Blade Runner, su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se convirtió en una de las más populares de su producción, a pesar de que la película se toma tantas licencias respecto a ella que no puede hablarse estrictamente de una adaptación.

Porque en realidad Ridley Scott no creó únicamente una obra de ciencia ficción imperecedera, sino que logró algo mucho más difícil: la plasmación en la pantalla de un mundo complejo, que el espectador podía explorar a través de los ojos de su protagonista, el cazador de replicantes Rick Deckard, y del que se podía intuir que era inmensamente rico en matices, por lo que los admiradores de la obra de Scott siempre hemos anhelado que, al igual que se hizo —de manera irregular, eso sí— con la saga Alien, el universo de Blade Runner fuera expandido y enriquecido con nuevas entregas. De ello se ha encargado, treinta y cinco años después, Denis Villeneuve, un director que parece decidido a especializarse en un género tan exigente como la ciencia ficción. Él mismo explica, en una entrevista publicada en el número de septiembre de este año de la revista Dirigido por, el espíritu con el que encaró tan delicada tarea:

“Es absolutamente fiel al espíritu de la primera película, con una estética que pertenece al film noir. Sigue siendo una historia existencial de detectives que evoluciona dentro de esta estética de film noir generando una atmósfera muy fuerte, con una iluminación impresionista. Tratamos de respetar lo que nos precedía, porque es algo que todos adoramos del primer film y nuestra película es una extensión de todo aquello, una nueva exploración de ese mundo. Debo reconocer que el guion que me dieron me encantó, tenía una enorme libertad para ser fiel al original, pero a la vez podía evolucionar hacia algo mayor, porque la historia transcurre en Los Ángeles, pero además visita sus alrededores”.

Al igual que su predecesora, Blade Runner 2049 es una obra que bebe de fuentes filosóficas profundas, preguntándose constantemente por el sentido de la existencia —ya sea esta humana o artificial— hasta el punto de que muchos de los seres que pululan por las calles de la decadente Los Ángeles ni siquiera están seguros de si son o no replicantes. Además, en esta ocasión la sociedad está más confusa si cabe acerca de su pasado, ya que un evento sucedido hace unos años, el gran apagón, acabó con toda la información que se guardaba en ordenadores y discos duros, por lo que la lucha por establecer la propia identidad se torna más difícil que nunca. En un determinado momento, K, el nuevo policía protagonista, reflexiona acerca de la diferencia entre humanos y replicantes (él mismo pertenece a la segunda especie), que según él estriba en que los primeros están dotados de alma. Ese anhelo por poseer esa cualidad humana, que se supone que solo es capaz de otorgar el origen biológico del individuo, es el que mueve a los replicantes a una desmesurada sed de vida, en la que sueñan descubrir en sí mismos alguna vez un origen genuinamente humano, no artificial, más allá de la superación de complicados test de empatía. Mientras tanto, la estética de la ciudad es otro personaje, un personaje siempre presente que atenaza a los protagonistas, los agobia con una continua lluvia ácida y juega con ellos a través de potentes anuncios de realidad virtual.

A pesar de todo, de sus poderosas imágenes y de un guion que es capaz de salvaguardar con inteligencia el espíritu de la original, Blade Runner 2049 dista mucho de ser una película perfecta, puesto que a Villeneuve parece interesarle demasiado recrearse en la parte estética y hacer avanzar la historia con excesiva lentitud, abusando de panorámicas espectaculares con música estridente y desarrollando un poco menos de lo esperado el eterno enigma de la conciencia replicante. En cualquier caso, se trata de una obra a la que hay que dar nuevas oportunidades, puesto que uno intuye que posee varias capas de profundidad y cabe acercarse en futuras ocasiones a ella para seguir explorando en sus mensajes, más o menos complejos.

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