Preguntas sin respuesta

La naturaleza de la realidad es un asunto que ha sido cuestionado por gran número de filósofos y pensadores de todos los tiempos, por lo menos desde los griegos. Ya Platón hablaba del mundo de las ideas, una realidad que solo podía ser percibida por los ojos de un verdadero filósofo. En la actualidad hay científicos que teorizan con la escalofriante posibilidad de que todos seamos parte de una especie de simulación creada por seres superiores con fines insospechados. Si eso es cierto o no, nunca podremos saberlo, por lo que lo más inteligente es apegarnos a nuestra vida cotidiana y aceptar las reglas de juego con las que hemos nacido sin preguntarnos demasiado profundamente si el libre albedrío existe o no. En cualquier caso, las cuestiones de naturaleza extraña son algo muy humano. ¿Soy el único ser que existe y todo lo demás es una creación de mi mente? ¿Mi vida es una prueba que debo superar para acceder a una existencia superior? Por eso el estreno de una película como Matrix causó un hondo impacto, hasta el punto de que muchos de sus conceptos gozan hoy de una excelente salud y se han instalado cómodamente en el imaginario colectivo.

Revisada hoy, la película de los hermanos (o hermanas) Wachowski sigue conservando intacto su poder de fascinación. Bien es cierto que la primera mitad del film es bastante superior a su conclusión, que deviene en una lógica orgía de disparos y violencia. Hasta entonces el espectador ha adoptado el punto de vista de un desconcertado Neo, un hombre que ha vivido como un ser solitario, un náufrago aparentemente insertado en la vida de una enorme ciudad pero que padece de insomnio, porque intuye que hay algo falso en la realidad que conoce. Cuando se encuentra con Morfeo y este le ofrece la famosa pastilla roja, de pronto se da cuenta de que toda su existencia ha estado consagrada a ser esclavo de un sistema perverso (muchos neomarxistas, empezando por Slavoj Zizek, interpretan esto como la metáfora del despertar a la conciencia de un obrero alienado), contra el que solo cabe la rebelión y el enfrentamiento.

Pero además de ser un film enormemente simbólico y capaz de tocar la fibra más sensible y filosófica del espectador, Matrix es una excepcional obra de ciencia ficción, en la mejor tradición del enfrentamiento hombre-máquina que muchos vaticinan en el futuro del ser humano. Parece ser que aquí ha sucedido una desgracia parecida a la que deben padecer nuestros congéneres en la saga Terminator: la inteligencia artificial, esa maravilla que debe resolver todos nuestros problemas, adquiere conciencia propia y decide que los seres humanos somos un virus que hay que exterminar —en este caso, dominar— para la felicidad eterna de las máquinas. Si dichas máquinas representan la racionalidad, el pensamiento matemático aplicado a una determinada ordenación del mundo, los pocos seres humanos libres que quedan lo confían todo a una especie de pensamiento mágico y pseudorreligioso: la futura llegada de un Elegido que ha de salvar a la especie y restaurar la antigua existencia. Que Neo sea ese Elegido está por ver (tampoco quiero destripar la película, por si a estas alturas queda alguien que no la haya visto), pero que la forma de derrotar a las omnipotentes máquinas sea una especie de superhéroe semidivino al que obligan a tomar conciencia de unos poderes que parecen haber salido de la nada, resulta cuanto menos curioso. Apartando este matiz, que puede gustar más o menos, el guion de Matrix recoge la esencia de la mejor literatura cyberpunk para crear una de esas obras que son capaces de marcar una época.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookTweet about this on Twitter