Vamos a hacer un breve repaso a los orígenes del cine español, ya que esta etapa de nuestra historia fílmica es muy poco conocida, al haber desaparecido muchas de las películas realizadas durante los primeros años. Además, el mudo español se ha visto ensombrecido por cinematografías más prolíficas en sus edades tempranas, como la estadounidense, la francesa o la escandinava.

En mayo de 1896, Alexandre Promio, camarógrafo de los hermanos Lumière, proyectó en el hotel Rusia de Madrid las primeras películas en España, rodadas por él mismo en nuestro país. Cuál fue la primera película rodada por un español es un tema sobre el que se ha debatido mucho. Durante largo tiempo se pensó que este título lo ostentaba una película de 1896 llamada Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza, de Eduardo Jimeno Correas, pero se descubrió posteriormente que fue rodada como mínimo dos años más tarde, lo cual sitúa el verdadero origen de nuestro cine en el fotógrafo coruñés José Sellier Loup, que compró un aparato a los Lumière y proyectó sus obras en 1897. No obstante, la película de Jimeno Correas es el film español más antiguo que conservamos hoy.

En cualquier caso, fue el catalán Fructuós Gelabert el fundador de la industria cinematográfica española. Gelabert fue un prolífico documentalista que pasaría a la historia por ser el autor de la primera película española que tenía un argumento: Riña en un café (1897). A Gelabert también se le atribuye el primer film vendido al extranjero, Visita de doña María Cristina y don Alfonso XIII a Barcelona (1898), comprado por la pionera productora francesa Pathé.

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“Nuevo viaje a la luna” (Segundo de Chomón, 1909)

Ya en 1902 hizo su aparición el ingeniero Segundo de Chomón, gran pionero del cine fantástico. Trabajó con Georges Méliès y aprendió a realizar los famosos trucajes del director francés, lo que le permitió desarrollar posteriormente los suyos propios. Su película El hotel eléctrico (1908), por ejemplo, muestra de manera muy temprana el uso de un primitivo stop motion. Su virtuosismo con la cámara lo llevaría a realizar en Italia los efectos especiales de la obra maestra de Giovanni Pastrone, Cabiria (1914).

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“La secta de los misteriosos” (Albert Marro, 1916)

En estos primeros años del nuevo siglo, el empresario Baltasar Abadal introdujo las salas de cine en muchos pueblos y ciudades de las comarcas catalanas, lo que causó la desaparición de las primitivas barracas de feria donde se exhibían las películas hasta entonces. En Barcelona, Albert Marro y Lluís Macaya fundaron Hispano Films, que a partir de 1906 produjo una serie de películas de carácter literario, como la primera versión de Don Juan Tenorio (1908). El propio Marro dirigió muchas películas populares, como el serial de aventuras La secta de los misteriosos (1916). A estas alturas la ciudad condal se había erigido como capital del cine español, siendo además una de las ciudades del mundo con más salas de cine, comparable a Berlín y solo detrás de Nueva York y París.

No obstante, en 1905 Valencia irrumpió en el panorama cinematográfico con El Tribunal de las Aguas, de Antonio Cuesta, y se dio comienzo a una producción realista emparentada con la novela valenciana de temática rural. A partir de la década de 1910 proliferó en España un género autóctono conocido como “cine de zarzuela”, que consistía en adaptaciones de este tipo de obras y cuya producción fue bastante extensa.

Durante los años siguientes el peso de la Primera Guerra Mundial cayó sobre Europa, pero, debido a la neutralidad de nuestro país en el conflicto, la producción española no se vio mermada, como sí ocurrió en el resto de los países del continente. Por ejemplo, durante estos años surgió una nueva productora de renombre: Barcinógrafo, encabezada por el dramaturgo Adrià Gual, quien llegó a adaptar su propia obra teatral y dio lugar a películas como Misteri de dolor (1914). Magí Murià, guionista del serial Amor que mata (1908), le sucedió al frente de la productora.

Llegamos así a 1916, año en el que cineastas españoles participaron en la ambiciosa coproducción francoespañola de Gérard Bourgeois Vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América, que contó con el ingente presupuesto de un millón de pesetas. La cinta mezclaba elementos legendarios e históricos y constaba de cinco episodios.

Este tipo de seriales se hicieron bastante populares. En España destacó Barcelona y sus misterios (1916), de la Hispano Films. Codicia y Mefisto, de catorce y doce episodios respectivamente, fueron rodados en 1918 por Joan Maria Codina para la nueva Studio Films, la primera productora española en recibir gran reconocimiento del público.

Cerca ya de los años veinte, el cine en España empezaba a consolidarse. Sin embargo, no tenía todavía una base económica sólida, por lo que algunos intelectuales de la época empezaron a interesarse en impulsar el séptimo arte. Jacinto Benavente, por ejemplo, tras su enfado al ver Los intereses creados (1918), adaptación cinematográfica de su obra teatral, creó el año siguiente su propia productora, Madrid-Cines. No obstante, el cine que impulsaban los intelectuales españoles fue poco crítico con la inestable realidad social de la época, dado el carácter conservador de buena parte de ellos.

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“Peladilla va al fútbol” (Benito Perojo, 1914)

En 1919, con Los arlequines de seda y oro de Ricard de Baños, también conocida como La gitana blanca, se inició el género patrio que exagera el carácter español conocido como la “españolada”, que durante largos años se dejaría ver en nuestro cine.

Durante los años veinte se iniciaron en la dirección de cine tres artistas que destacaron en los años posteriores. El primero de ellos es José Buchs, pionero del mudo que llevó a la pantalla no pocas adaptaciones de teatro y zarzuela, como La verbena de la Paloma (1921). En esta misma película encontramos a Florián Rey en el papel de don Julián. Este mismo actor se convirtió en uno de los más destacados directores del cine mudo español y aún se manejó con gran maestría en el sonoro. Realizó películas como El Lazarillo de Tormes (1925) o La hermana San Suplicio (1927). El tercero de estos cineastas es otro actor convertido en director, Benito Perojo, creador de un personaje cómico inspirado en Charlot al que llamó “Peladilla”. Dirigió obras como Boy (1925) o El negro que tenía el alma blanca (1927).

Así, llegamos al 13 de septiembre de 1923, año clave en nuestra historia por el golpe de Estado que trajo la dictadura militar de Primo de Rivera. El capitán general desplazó la industria del cine a Madrid y Valencia debido a su política centralista, lo que redujo el cine barcelonés a la sombra de lo que una vez fue. El cine español durante los años de su mandato y la posterior república constituye otro capítulo de nuestra historia. Si quieres saber cómo continúa la película, permanece atento a Astoria 21.

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