American Honey

American Honey, un poema utópico

Recuerdo que mis profesores de la universidad insistían en que el cine, las películas, son ficción, a pesar de retratar la realidad. Pero a veces esa ficción consigue imitar los acontecimientos actuales de forma muy realista, y te descubres absorta en un instante de realidad que no podrías experimentar de otro modo más que en esta prodigiosa ventana que nos abre el cine.

El argumento de American Honey me resulta tan cercano porque la verdad que cuentan sus imágenes no nos queda tan lejos: una generación perdida a pesar de sus sueños y esfuerzos; jóvenes invisibles de la norteamérica que dormita al abrigo del mito que alimentó a sus padres y abuelos, y que la globalización, y en especial Hollywood, ha exportado al resto de sociedades que componen este mundo. Porque en nuestro imaginario común un fotograma del Gran Cañón no es solo un desierto, es también un símbolo de libertad; y una carretera que cruza el país de este a oeste (Ruta 66) no es un medio para llegar a otro estado, es una aventura para descubrir quién eres.

Esta road movie pone de manifiesto la caída de uno de los pilares de nuestro siglo en occidente, el fin de un estilo de vida que nunca más recuperaremos. El sueño americano nos ha explotado en la cara, pero las ansias espirituales de conseguirlo se mantienen vivas en las cándidas nuevas generaciones, que penosamente descubrirán que todo fue un invento, una falacia con millones de seguidores en todo el globo. En nuestro fuero interno deseamos que Star consiga vencer a su destino, experimentamos la euforia con ella, pero también la ternura y el amargo despertar de la inocencia perdida.

A pesar del subtexto amargo hay belleza en cada fotograma, en cada lugar en que recala este grupo de “vagamundos”, a veces deambulando por urbanizaciones con bellas mansiones que saben que no podrán habitar nunca, a veces sumidos en el paisaje que ven pasar desde su furgoneta camino a ninguna parte.

Acompañados de una banda sonora construida a base de hits actuales, las canciones van tejiendo el viaje de estos chicos anónimos y el relato al que sirven como narradoras. Las idas y venidas del grupo, el argumento intencionadamente cíclico y redundante, marcan el ritmo de este poema visual de áreas de servicio y moteles destartalados mientras suenan letras como “Somos las voces de una juventud sin oyente, que por vivir sin reglas es más valiente. Entra en nuestro círculo y vive para siempre, abandónalo y perece lentamente”.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!
Share on FacebookTweet about this on Twitter